jueves, 18 de agosto de 2011

La ciudad dorada

Sol en Castilla, sol de justicia. Desde la ventana del balcón donde está el escritorio de mi tía veo cuatro cúpulas, todas hechas con la misma piedra, ese granito fino y dorado en el que se yergue esta ciudad de letras. Quod natura non dat Salmantica non praestat, dice el lema universitario desde hace casi cinco siglos. He acabado aquí sin haberlo pretendido y si lo pienso, algo tiene conmigo esta ciudad que me trae hacia sí para iniciar o acabar ciclos. La primera vez fue a los 17 años; aquí se celebró el famoso concurso de belleza dónde tuve la desgracia de participar. Otro día cuento por qué eso es una desgracia. Curiosamente, desde la ventana veo el Palacio de Congresos en el que  se celebró, también. Para qué habré caído aquí de nuevo con todo tan cerca. Enfrente de mí está la casa dónde dormí estas navidades, Marisa se ha buscado lo que se llama una mudanza práctica : justo enfrente, y cuando la miro, me recuerdo durmiendo en una cama enorme con un collar de amatista que me envolvía los sueños de un amor que ahora, desde la acera de enfrente no sueño, pienso. La realidad se impuso y no fue tan alta como el sueño, quod natura non dat... Hay un señor de gris encima de una piedra de granito blanco estatua que me mira con su sombrero  de acero en la mano. No sé qué escritor, seguro que escritor, será, ahora cuando lo miro cuando baje. La plaza mayor está aquí mismo, son menos de cinco minutos andando, hay unos puestecitos hippies en una esquina con unos brazaletes de alpaca preciosos. Y el río Tormes, verde y sin caudal (dónde está mi Miño) se nos queda bajo los pies de camino a la residencia dónde mi abuela reside;  mi madre ya viene a buscarme y nos está gustando pasear las calles, sentarnos en cualquier rincón con silencio a fumar un cigarro, y hermanarnos a mis 33, hemos acabado las dos con cascabeles en el tobillo. La verdad que aquí Castilla es policromática de una manera preciosa : ese cielo azul cián de anochecida encima de la piedra amarilla... yo que nací en ella, ya no recordaba el tirón de la piedra milenaria. Bajo! Ya bajo, de hoy no pasa de ver la puesta de sol desde el huerto de Calixto y Melibea.