Catarro. Tras el último parto ha sido inevitable, no se aguanta a ventana abierta y entre dos ventiladores las corrientes nocturnas de Mayo. Me duelen lo ojos como si quisieran desprenderse. Pero yo soy madre sacrificada, me dejo la salud en mis hijos. Sólo para verlos marchar, para no saber nada. No puedo hacer otra cosa que dormir y soñar, llevo todo el día soñando. El guardián de los sueños me espera en la primera parada, viene en forma de bultos oscuros en movimiento y tiene escogidas para mí un montón de imágenes. Lo que yo hago es trabajar las veinticuatro horas del día, he escogido este trabajo porque me lleva a mi centro, le he gritado a un insolente que se me había colado a vivir en casa antes de despertar. Se me habían colado diez, en realidad, y a la vez, aquí estaban esperando verla pasar, y lo mejor es que han llamado a la puerta otros siete de golpe. Me he enfadado muy seriamente y les he dado a todos dos semanas para que se fueran. (Muy considerada yo, dos semanas a desconocidos que me querían chupar la sangre.)
Esta buhardillita es pequeña, esta buhardillita es pequeña, no hay sitio para tanta gente!