Por las calles bajas de la memoria
van apareciendo las pocas escenas
que me recuerdan lo que soy.
No es sencillo contemplar
ese lado del poliedro.
Cuesta alcanzar la siguiente liana
más quedarse en el aire
tan sólo conseguir seguir respirando
es la tarea cuando piso el suelo:
que no acabe el aire la vida.
Sentencio que no hay nada
mas difícil
que la mente y sus sinapsis.
Decreto que estoy prisionera,
que soy cárcel y presa a la vez
que la escisión
que tengo
es producto de algún temblor
que ocurrió algún día concreto
en el que todo se abrió
para que vomitara la tierra
tanto calor y tanta piedra
que,
la atención del águila
que vigila a su caza
puede salvarme hoy,
si soy capaz de mirarme
a la cara
y asumir cada marca.
Será un temple exacto
una férrea conciencia
una ilusión apenas
que no puede terminar
ni
agonizando,
porque
asumir lo que ve,
rápido crear
el cajón
y la veleta,
mantenerse firme en la fé
del poder,
generar cambio,
es el único camino
para dejar cada vez
un poco más atrás
a la perra que viene
mordiéndome los talones
y que sólo quiere
lo que quiere:
mi muerte.
(Que me disculpe quien sea por atreverme a ponerle palabras
a ese símbolo maravilloso que no significa lo que ellas dicen)
